Aportaciones al estudio de la embriaguez y la criminalidad visto desde la respectiva antropológica

agosto 26, 2021

 Aportaciones al estudio de la embriaguez y la criminalidad visto desde la respectiva antropológica 




El propósito del presente texto es adentrarnos al estudio de la embriaguez y a la criminalidad dentro de las nuevas aportaciones antropológicas  durante los últimos años del siglo XIX, periodo en que México se vio influenciado por la efervescencia de aportaciones de varios intelectuales europeos en torno a diversas cuestiones que afectaron a la sociedad de la época, entre éstos podemos citar las discusiones de la identidad individual, la crítica a los métodos policiales y la aprobación legal del consumo de bebidas alcohólicas.

Así, muchas ideas del Viejo Continente estuvieron plasmadas en algunas contribuciones científicas de intelectuales mexicanos, al respecto sobresalieron innumerables tesis médicas, artículos jurídicos y los recientes enfoques de la antropología. En dichos estudios se observó la influencia del criminalista italiano César Beccaria (1738-1794) quien estableció las primicias de la denominada criminología clásica y fundó la ciencia del derecho penal. [1] De igual modo las apreciaciones de Cesare Lombroso, Enrico Ferri y Rafael Garófalo, y del sueco Magnus Huss estuvieron latentes en los trabajos de los mexicanos.

Con las recientes corrientes de pensamiento, la embriaguez y la criminalidad dejaron la esfera social para trasladarse al campo de la ciencia, entre médicos y juristas ofrecieron algunos elementos para comprender malestares de la vida cotidiana que padecía el México porfiriano, entre ellos podemos mencionar los problemas de salud, culturales, criminales, económicos, entre otros. 

Al poco tiempo la antropología (como disciplina, pues aún no la consideraban ciencia) se sumó a los aportes científicos, observó que la embriaguez formaba parte de las costumbres indígenas, pues los habitantes de Mesoamérica ya consumían alguna bebida etílica; así, comenzaron los análisis con la población indígena [2] 

Cabe mencionar que, desde la época colonial existió la necesidad de estudiar a los nativos de la Nueva España, pues a menudo se les adjudicaban algunos problemas sociales como: embriaguez, vagancia, holgazanería y pereza entre otros; con frecuencia la elite de ese momento se refería a ellos como personas sin oficio ni beneficio. Pero los estudios se fortalecieron mucho tiempo después con los aportes del historiador Vicente Riva Palacio (1832-1896) a quien se le considera uno de los pioneros en ofrecer un nuevo enfoque al estudio. Él observó los distintos rasgos raciales desde una visión fisiológica.

Como ya se mencionó, la preocupación por estudiar la naturaleza racial tendrá su esencia en contribuciones extranjeras, por ejemplo, las ideas francesas se observaron en los primeros años de la segunda década del siglo XIX a través del naturalista Armand de Quetrefagues, quien examinó diversos grupos étnicos tanto en Europa como en México; este investigador advirtió que los indígenas eran desiguales en esencia, y los consideró “una mezcla de sangre en decadencia”. Otros extranjeros, como los médicos Frederick Starr –estadounidense- y Alex Hrdiricka –checo-, llegaron al país con la intención de analizar y observar a los indígenas, entonces introdujeron las mediciones craneanas y osteométricas. [3]

Algunos años más tarde, a raíz de los resultados obtenidos en los censos de 1895, 1900 y 1910, el análisis poblacional de los indígenas en México se intensificó y facilitó un balance sobre los datos fisiológicos del mexicano, proporcionando algunos testimonios importantes para la antropología. En este sentido los estudios tendieron a homogeneizar, uniformar y reglamentar con un criterio científico. [4] De esta manera los grupos indígenas se convirtieron en sujetos observados. 

La nueva propuesta antropológica fue apoyada por la medicina legal, permitió practicar técnicas antropométricas y craneométricas. Cuyos enfoques postularon que la forma de vivir del indígena era un obstáculo al progreso y la modernización; desde este marco de ideas el nativo adquirió un sin fin de calificativos como: sucio, ignorante, pagano, animal, y por supuesto, ebrio o alcohólico y delincuente o criminal. [5] 

Con las recientes posturas, los antropólogos en México midieron cada parte del cuerpo humano y realizaron, además, una mirada al pasado, con el fin de observar el núcleo del problema. De esta manera sus trabajos abrieron una nueva ventana al estudio de la embriaguez y la criminalidad, ya que pretendieron elaborar un análisis meticuloso de jerarquías causales, tipologías alcohólicas y delictivas, en las que intervenían factores como la herencia y el medio social. La sucesión de costumbres fue punto clave para sus estudios; en esa perspectiva señalaron que los indígenas se emborrachaban desde tiempos inmemoriales y a temprana edad, las bebidas de preferencia eran chicha, cerveza; vino de salvado, de mezquite, de zambumbia, de tuna, de coco, tibico, tuba, tlachique; pulque de apio, de tuna, de fresa y de piña, entre otros. [6]

Al respecto y conforme a los estudios, los indígenas consideraron al pulque una bebida importante dentro de su dieta alimentaria, porque pensaban que era rica en proteínas vegetales, hidratos de carbono y vitaminas; al mismo tiempo servía para el desarrollo de los infantes. Por sus nutrientes la equipararon con el maíz, e inclusive se podía tomar en lugar del agua, simplemente la llamaron “agua celestial”, tal era la devoción a la bebida que después de la colonización se le dedicó la siguiente oración:

Padre nuestro pulquero
Padre nuestro que estás en las pencas;
clarificado sea tu jugo
y hágase un tinacal
aquí en la tierra
como en el cielo.
Pulque rico del maguey
dánoslo hoy,
y cúranos nuestras crudas
así como nosotros curamos
las de nuestros amigos
y no nos dejes caer en la prisión,
y eternamente líbranos
del mal mezcal. Amén. 
[7]


Entonces, los aportes de la antropología vincularon al hombre prehispánico con el análisis antropométrico de los indígenas del siglo XIX, la idea era encontrar los rasgos atávicos que había establecido Cesare Lombroso en su teoría, que junto con Enrico Ferri y Rafael Garófalo, “los tres evangelistas”, confirieron que, el hombre delincuente no era “normal” pues componía un grupo “diferente” o “especial” del resto de la población. De manera particular Lombroso lo llamaría “delincuente atávico”, lo describió con mirada vidriosa, fría, inmóvil, a veces sanguinolenta, con nariz aguileña y afilada. La mandíbula pronunciada, pómulos anchos, cabellos crespos abundantes; con frecuencia la barba rala, dientes caninos muy extensos, labios delgados, excesivo desarrollo del cerebelo y asimetría del rostro. [8] 

Estas personas atendían a un arquetipo uniforme, resultado de una degeneración mórbida, expresaba que los individuos no delinquían conscientes; su tendencia era malvada y estaba ligada a una determinada estructura psíquica y física. [9] 

Para el caso de México, las teorías de Lombroso no se pudieron aplicar en un sentido tácito, pero si se retomaron algunos principios para estudiar a los indígenas mexicanos. Entre los intelectuales mexicanos ubicamos al médico Luis Hidalgo Carpio, director de la Gaceta Médica de México, así como Agustín Andrade y Pastor, fundador del primer dispensario oftalmológico y presidente de la Academia de Medicina. Años más tarde sobresalió en el campo antropológico Jesús Sánchez, médico que se encargó de desarrollar la somatometría y osteometría. En 1880 este grupo de investigadores dio la pauta para que la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y el Museo Nacional, fundado en 1825, reconocieran los estudios antropológicos como una ciencia. A partir de ese año se subrayó la perspectiva de trabajos fisiológicos que se dedicaban a la clasificación del fenotipo indígena. [10] Posteriormente, en 1887, se dio a la antropología el carácter de ciencia, con la intervención de Alex Hrdlicka y Frederick Starr, quienes legitimaron y orientaron a la nueva ciencia.[11]

Las teorías antropológicas jugaron una doble función: por una parte, no ocultaban los rasgos “distintivos” de los grupos indígenas. Por otra, servirían como mecanismo de homogeneización, al establecer un sólo criterio respecto a la evolución de los grupos étnicos. Se pensaba que, a través de estas posiciones teóricas, se construirían fundamentos para unificar a la nación.[12] Esto significaría “regenerar” a dichos grupos, lo cual implicó un proceso de “aculturación” obligatoria que llevaría a la “integración de la nación moderna”.

De modo que, en las dos últimas décadas del siglo XIX, se reforzó la tarea de observar, medir y registrar a individuos indígenas. Así, sobresalieron algunos estudios, aunque la mayoría eran obras de médicos con enfoques antropológicos. Entre ellos se encuentran los mexicanos Francisco Martínez Baca y Manuel Vergara, quienes en 1892 realizaron una investigación en la penitenciaría del estado de Puebla. Ambos efectuaron un balance detallado del lugar, en donde encontraron dos principales problemas: uno profiláctico y el otro de sobrepoblación, los cuales amalgamaban un malestar al interior de la cárcel, como infecciones venéreas, tuberculosis, tifo, neumonías, enteritis y disenterías; [13] al mismo tiempo, observaron alteraciones en el sistema nervioso que terminaban en verdaderos conflictos.

Finalmente, reconocieron que las contrariedades al interior de la cárcel eran propiciadas por las llamadas “clases peligrosas” en su mayoría con rasgos indígenas. Hicieron mediciones craneanas de reos fallecidos, compilaron datos personales, antecedentes familiares, culturales; rasgos concretos, como expresiones faciales, tatuajes, tamaño de barba, color de pelo, etcétera. [14] Gran parte de sus resultados determinaron que los prisioneros tenían cráneos asimétricos calificándolos como criminales por naturaleza.

El malestar suscitado por las llamadas “clases peligrosas” en espacios públicos contradecían la filosofía del entonces presidente de la República Porfirio Díaz enunciada en la fórmula: “orden, paz y progreso”. De tal manera, podemos decir que en el transcurso del porfiriato se consideró al consumo de bebidas etílicas en los términos que resume la siguiente cita:

Es el medio por el cual el individuo se enfrenta a un resquebrajamiento de los valores sociales y culturales y a la invalidez de su propia fuerza de vida para modificar el exterior de acuerdo a sus convicciones; propicia al caos total ante las contradicciones existentes y lleva al alcohólico a la renuncia no sólo del exterior, sino de sí mismo: enajenación, automarginación, autodestrucción.[15] 


Otro especialista destacado fue Daniel Vergara. En su labor como investigador montó el primer laboratorio de todo el país que se dedicó a la fisiología, el cual le ofreció elementos importantes para observar las variaciones biológicas en el desarrollo de las personas. Sus resultados marcaron definiciones físicas, sin importar los rasgos indígenas; determinó que las medidas de los cuerpos dependieron de la adaptación al clima, y que la posición económica y social no era fundamental para la embriaguez y la criminalidad.[16] 

También hubo criminólogos interesados en los estudios antropológicos, como Carlos Roumagnac, quien acogió las tesis de la escuela positivista y vislumbró el origen del drama antisocial. En su asidua tarea se acercó a la cárcel de Belén en la ciudad de México, donde enfocó el problema a través de testimonios de los propios criminales, a quienes interrogó para desmembrar la composición de sus delitos pues consideraba que varios factores influían en las acciones delictivas, como el entorno social. De igual manera consideró que los criminales presentaban fuertes tendencias al consumo de bebidas alcohólicas, agresiones a los animales y la reincidencia, entre otras. Con tal fin, elaboró un cuestionario donde resaltó los hechos más significativos de las infracciones cometidas y sus consecuencias inmediatas. [17] 

En suma, los enfoques antropológicos culminaron en 1910 con la creación de la Sociedad Indianista Mexicana. La nueva asociación dejó de lado a la criminalidad y resaltó en sus estudios al indígena, al cual se le había observado como una raza mórbida, que debía ser “regenerada” mediante instituciones y programas basados en la enseñanza de nuevos hábitos de conducta y de normas higienistas. Lo novedoso de esta Sociedad fue su acercamiento a indígenas vivos para estudiarlos, y no a los fallecidos, como ocurría con estudios anteriores. La inquietud por crearla no fue iniciativa del Estado porfirista, sino de individuos vinculados con el Museo Nacional y la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; la sociedad recibió inicialmente apoyo de Porfirio Díaz, [18] pero el dictador se desentendió del proyecto cuando los organizadores pretendieron activar reformas raciales, ideas con las que el presidente de la República no estuvo de acuerdo. 

Para los antropólogos de la época, estudiar a los indígenas representó una labor importante, pues les aclaró conceptos acerca de uno de los temas más debatidos a lo largo del porfiriato: si los indígenas representaban un obstáculo para el desarrollo social. El proyecto de la Sociedad Indianista se apoyó en organizaciones filantrópicas, como la Beneficencia Pública, hospitales, hospicios, casas de corrección y asilos. Estas instituciones, especialmente el Asilo Particular para Mendigos de la ciudad de México, trataron de separar a los desvalidos de los criminales. El primer grupo estaba conformado por ebrios, mendigos y vagos, a quienes se le inculcaría el amor a la patria, a la educación, a la familia y al trabajo, para crearles la conciencia del “buen ciudadano” e incorporarlos a la vida diaria. A este sector se le consideraba el más desprotegido económicamente, y se le ubicaba en lupanares, pulquerías, vinaterías, billares y tabernas; representaba, desde el punto de vista de las clases hegemónicas, uno de los focos de corrupción moral y desorganización social.[19] 

De manera particular, al observar varios casos de reos encarcelados en la ciudad de Morelia durante el porfiriato, notamos que no todas las personas detenidas eran indígenas, pues de acuerdo a juicios y fotografías resguardados por el Ayuntamiento y en el Archivo Histórico del Poder Judicial, hubo delincuentes de diversas características raciales. Un ejemplo lo encontramos en la demanda seguida contra Febronio Ábrego, acusado de atacar a su padre cuando se encontraba bajo la influencia del etílico; al leer los interrogatorios y filiaciones de las partes se encontró que poseía rasgos mestizos. [20] 

Otro caso, extremo, fue el de Amado Ruiz de Chávez, secretario de los Juzgados Menores Tercero y Cuarto, quien fue demandado por presentarse ebrio a su despacho y exigir remuneraciones a los litigantes por los trabajos realizados. Este individuo pertenecía a los grupos pudientes económicamente, pues quienes ocupaban esos cargos eran de extracción acomodada y en su gran mayoría no tenían rasgos indígenas.[21] 

Es necesario percatarse que, no obstante las leyes de la época afirmaban “todos los mexicanos sin distinción de razas son iguales ante la ley”, durante el porfiriato esta fórmula jurídica parecía no tener validez, pues la elite se refería constantemente al sector indígena como un obstáculo, aunada a dicha percepción varios estudios especificaban que las costumbres de los indígenas constituían piezas claves para comprender la embriaguez y la criminalidad, pues el uso de la bebida formaba parte de su desarrollo social a lo largo de la historia, y consideraban al etílico importante como alimento básico. 

[1] César Beccaria, De los delitos y las penas, Fondo de Cultura Económica,  México, 2000, pp. 327.

[2]. Domínguez, y Quintanar Manuel, El alcoholismo. Su historia, causas, efectos patológicos, sociales, su terapéutica y sus recursos legales para evitar el vicio, (tesis médica), México, Imprenta de F. Díaz de León y Santiago White, 1870,  p. 51 Desde tiempos inmemoriales la embriaguez estuvo presente en la vida cotidiana de muchas culturas, por ejemplo los indígenas de Siberia utilizaron el braga y el quas; los alemanes, la cerveza; los españoles, los ingleses y los franceses los vinos generosos, y los mexicanos, el pulque. Urías, Horcasitas Beatriz, “Medir y civilizar” en Ciencias 60-61, México, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, UNAM, octubre-marzo, 2000-2001 pp. 28-36. 

[3].Urías, Horcasitas Beatriz, “Medir y civilizar” en Ciencias 60-61, México, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, UNAM, octubre-marzo, 2000-2001 pp. 28-36. 

[4]. Urías, Horcasitas Beatriz, Indígena y criminal. Interpretaciones del derecho y la antropología en México, 1871-1921, Universidad Iberoamericana/Departamento de Humanidades, México, 2000, pp. 223. México Indígena. Órgano de difusión del Instituto Nacional Indigenista, núm. 54, México, septiembre, 1991.
[5]. México Indígena. Órgano de difusión del Instituto Nacional Indigenista, núm. 54, México, septiembre, 1991.   

[6]. Roberto Campos Navarro, “Nosotros los curanderos…”Aproximación antropológica al curanderismo contemporáneo en la ciudad de México, Escuela Nacional de Antropología e Historia, tesis de maestría, México, 1990, 676 p., y Francisco de Asís Flores y Troncoso, Historia de la Medicina en México, tomo 2, México, IMSS, 1982, pp. 472. 

[7]. Molina, Piñeiro Valentín y Luis Sánchez Medal, El alcoholismo en México, IV. Historia y legislación, México, Fundación de Investigaciones Sociales A.C, 1984, p. 132.  
[8]. Véase a Speckman Guerra Elisa, Crimen y castigo: legislación penal, interpretaciones de la criminalidad y administración de justicia (ciudad de México, 1872-1910), México, El Colegio de México, UNAM, 2002, pp. 79-102. Demetrio Sodi, Op., Cit., página 22. Para Lombroso todos los delincuentes eran epilépticos y locos, sin embargo su seguidor Garófalo no compartía dicha idea. 

[9]. Cesare Lombroso, L´Uomo délinquant,  citado en Demetrio Sodi, Op., Cit., p. 94

[10].  Beatriz Urías Horcasitas, “Medir y civilizar…”, p. 31.

[11]. Véase Robert M. Buffington, Op., Cit, p. 225.

[12]. Beatriz Urías Horcasitas, Indígena y criminal. Interpretaciones del derecho y la antropología en México 1871-1921…, p. 11.[10]

[13]. Francisco Martínez Baca y Manuel Vergara, “La penitenciaría del estado de Puebla” en Criminalia. Revista de Ciencias Penales, núm. 8, México, agosto de 1959, p. 504. Robert M. Buffington, Op., Cit, p. 235. Beatriz Urías Horcasitas, “Medir y civilizar…”, p. 32, y Nydia E. Cruz Barrera, “Indígenas y criminalidad en el porfiriato” en Ciencias 60-61, México, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, UNAM, octubre 2000-marzo 2001, pp. 50 -56.

[14]. Francisco Martínez Baca, Los tatuajes. Estudio psicológico y médico-legal, Puebla, Tipografía de la oficina del Timbre, 1899, 233 p. Nydia E. Cruz Barrera, Op., Cit., p. 54. 
[15]México Indígena, Órgano de difusión del Instituto Nacional Indigenista, p. 2.  
[16]. Laura Cházaro, “La fisioantropometría de la respiración en las alturas, un debate por la patria”…, p. 38. 

[17]. Carlos Roumagnac, Los criminales en México. Ensayo de psicología criminal…, pp. 104-115. Robert M. Buffington, Op., Cit., pp. 101-131. Elisa Speckman Guerra, Crimen y castigo: legislación penal, interpretaciones de la criminalidad y administración de justicia (ciudad de México, 1872-1910)…,  pp. 196-199.

[18].Beatriz Urías Horcasitas, “Etnología y filantropía. Las propuestas de ‘regeneración’ para indios de la Sociedad Indianista Mexicana, 1910-1914” en Agostoni, Claudia y Elisa Speckman (Coordinadoras), Modernidad, tradición y alteridad. La ciudad de México en el cambio del siglo XIX-XX, México, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 2001, p. 225.

[19]. Antonio Padilla, “Pobres y criminales. Beneficencia y reforma penitenciaria en el siglo XIX en México”…, p. 27.

[20]. AHPJEM, caja 1, exp. 13, año 1878, fojas 112.

[21].AHPJEM, caja 1, exp. s/n 5, año 1876, fojas 28.

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